Era algo más de la una de la madrugada cuando empezó a sonar mi móvil. No pensaba cogerlo en absoluto. Tras insistir tres o cuatro veces, lo apagué y me revolví en el sofá tratando de volver a dormir. La película que me había puesto para no ver ya había terminado y el salvapantallas del dvd rebotaba a lo largo y ancho de la pantalla mientras cambiaba de color. Me levanté a mear. El primer chorro salió algo desviado y mojó un poco la ropa sucia que me quité antes de ducharme y había dejado perezosamente allí tirada. Entonces, el puro acto mecánico que media entre el sueño y la vigilia, dio paso a la consciencia de manera feroz. Todo volvió a mi mente y ya no hubo somnífero capaz de sofocar aquel tormento. El corazón me latía a mil por hora y no había manera de detenerlo.
Del todo incapacitado para hacer algo coherente, volví a sentarme en el sofá y me encendí un cigarrillo tras otro. En el minúsculo salón sólo había un tresillo incómodo con la funda medio caída, un viejo telévisor y un dvd en la pared de enfrente y una mesa baja a mitad de camino con un hule de flores horroroso. Sobre éste quedaban los restos de una batalla por conquistar algo de paz que me permitiese dormir un rato: un vaso con una bolsita de tila, una caja de somníferos, dos ceniceros saturados de colillas, un paquete de winston a medio, otro vacío y un mechero de propaganda del PP.
Dos horas más tarde, totalmente agotado por el ritmo frenético al que mi mente me torturaba sin descanso, decidí encender el móvil para deshacer la duda que me roía. Empezaron a llegarme mensajes de llamadas perdidas: dos de un número desconocido, otros dos de un fijo que tampoco conocía y un quinto desde el móvil de Roberto, hacía apenas una hora. Aparte de éstos, me llegó un mensaje de texto del móvil desconocido. El mensaje decía: "Hola Dani. Soy Noelia, no sé si me recuerdas, la mujer de tu amigo Roberto. Por favor, necesito hablar contigo urgentemente. Necesito tu ayuda. Prefiero contártelo en persona. Llámame tan pronto veas el mensaje.". El corazón me dió un vuelco y apenas pude aguantar la nausea. Corrí al baño y vomité lo poco que había cenado, parte dentro del váter, parte sobre la misma ropa sucia. No sabía qué pensar. Sentía auténtico pánico. Traté de calmarme pensando que no era posible que nadie supiera nada. Eran las tres y cuarto de la mañana. Para entonces Roberto llevaba doce horas muerto, las mismas doce horas que hace que lo maté.
No hay comentarios:
Publicar un comentario